Nuestra práctica clínica cotidiana se fundamenta en la entrevista entre médico y paciente para compartir el problema de salud de éste último e iniciar por parte del profesional un proceso de integración de información clínica, de conocimientos adquiridos y de experiencia vivida, de tal forma que en ese proceso se generen unas hipótesis de trabajo que orienten el diagnóstico, las pruebas complementarias, el tratamiento y seguimiento del paciente. Esta rutina condiciona todo el conjunto de actuaciones posteriores asistenciales que va a recibir el paciente por parte de los profesionales del sistema de salud y es por ello el elemento crucial en la mejora de la calidad de la atención sanitaria 1. Precisamente ahí, en ese punto de rutina, es donde el método de trabajo se va perdiendo y se va deteriorando nuestra percepción del trabajo cotidiano. Cada vez más, la sociedad se deslumbra con las novedades de la tecnología médica y concede más valor a los resultados de las pruebas diagnósticas que al proceso de razonamiento clínico del profesional médico. La sociedad no es consciente del error y de las consecuencias de esta tendencia a idolatrar las pruebas complementarias y dejar de lado el profundizar en la mejora de la habilidad de razonar de los médicos. Nosotros, los profesionales de la salud, como parte de esa sociedad, también entramos en esa dinámica y tendemos a consumir muchas más pruebas complementarias antes que seguir preguntando y procesando la información clínica.
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